Desde el mes pasado, cuando la temperatura empieza a subir y rozamos los 8 ºC, nuestro almendro florece. Unas diminutas y abundantes flores, blancas o rosas, que se agarran a las ramas aun desnudas con tanta ternura como indiscreción.

Nos hablan de amor, del sentir juvenil, de un eterno sentimiento que se repetirá cada año mientras nosotros continuemos danzando a su alrededor. Es un árbol sensible con un aire rústico que parece eterno y a la vez marca un claro paso del tiempo, así nos lo cuenta su tronco, que de joven posee una corteza lisa y verdosa para convertirse en adulto en una superficie resquebrajada y grisácea.

 

El almendro es un árbol que posee cuentos, que te permite sentir cuantas historias y mitos ha vivido, está presente en muchas de nuestras tradiciones y refleja el estado más puro de nuestros sentimientos.

Una de estas historias la cuenta la mitología griega, según la cual, Filiade metamorfoseada en un almendro, floreció de repente como respuesta a las caricias de Acamante, su enamorado. Desde entonces todos nuestros almendros nos ofrecen sus maravillosas flores para recordarnos amar y agradecer.

Para nosotros este árbol de porte extendido, con su copa redondeada, sus diminutas flores, sus hojas dentadas y sus riquísimos frutos es un ejemplar que no se puede olvidar en tu jardín.